No sé mucho de mi abuela. Lo poco que conozco, fue lo que ella me dijo y algunas cosas que he escuchado de personas que la conocieron (mi familia, otras señoras, etcétera), lamentablemente no me he dado a la tarea de investigar. Tal vez lo haga, cuando sea el momento. El día en que decida caminar para recuperar mis raíces (mi abuela, mi padre, mi apellido), una tarea inútil. Un viaje que suelen hacer muchos hombres para encontrar el origen de su existencia y así mismo, darle un sentido a la propia.

Su nombre completo era María Félix Rojas de Francés. Vivió en un pueblo cerca de Toluca. Lo que tengo claro es que su padre era un hombre que deseaba tener como primer hijo un varón y mi abuela salió como una sorpresita. Entonces le puso de segundo nombre Félix. No la metió a la primaria, porque pensaba que las mujeres no necesitaban estudiar. A los cuatro o cinco años de nacida, murió su madre de cáncer. Ella contaba que durante sueños, miró a su madre despedirse de ella el mismo día que murió. De eso no contaba más. De niña, Félix se dedicó a hacer lo que su madre: conseguía la cubeta de leche en el pueblo, perseguía animales para la comida, molía la harina para las tortillas, se encargaba de sus hermanas Celia y Martha. A ellas, si las metieron a la escuela y por lo mismo, mi abuela estaba siempre al tanto de que se presentaran todos los días y estuvieran listas para estudiar.

Creo que es uno de los legados más importantes de mi abuela. Ella de niño, me contaba historias de pueblo a los cuatro o cinco años: la mayoría las he olvidado o más bien, las he asimilado de manera inconsciente. Así como asimilé sus miedos y sus costumbres. A veces me descubro haciendo cosas como las haría mi abuela y asiento. De alguna manera se me han quedado sus enseñanzas y el ciclo que podría repetirse o tal vez romperse.

De las historias que puedo recordar, son las del violín de su padre, cuando intentó organizar una orquesta en el pueblo, el tío que se quiso volver cazafantasmas, entre otras. Historias divertidas y/o tradicionales, llenas de costumbrismo de pueblo. Hay una parte de la historia que no me queda clara: Mi abuela dejó el pueblo en algún momento, para hacerse sirvienta. Como muchas chicas de pueblo hacen. Sé que cuando llegó a la ciudad escuchó por primera vez a Tchaicovsky y Mozart. Se animó a aprender a escribir y leer, porque fue la música la que le abrió la mente para decidirse a saber del mundo.

Salazar

Y después viene un largo misterio que transporta a María joven a María casada con ese hombre: Narayanath Salazar. No sé como lo conoció, ni porque decidieron casarse. Me aventuro a pensar que mi abuela le quiso por ser un hombre culto, un hombre lleno de conocimiento. Mi abuela se pensaba una “burra”, y eso le hizo creer que aquel hombre era lo más grande que hubiera conocido. Narayanath era un dibujante del periódico “Universal”, se dedicaba a caricaturizar políticos y situaciones. También, de vez en cuando, le hacía de reportero. El padre de Narayanath era Rosendo Salazar, un hombre que fue uno de los fundadores del Sindicato Nacional del Trabajador (o algo así). Se dedicó a escribir acerca de la revolución mexicana: ensayos, análisis y poesía. Fue un gran promotor de los derechos del obrero y su nombre está grabado en la rotonda de las personas ilustres. Rosendo, de viejo, trató de promover algo llamado “Poesía Obrera” con un libro llamado “Ilapso”, no tuvo mucho éxito… porque nadie sabe de él o tal vez sólo decidió hacer unos cuantos ejemplares para sus amigos y familiares: Tengo uno en mi poder.

La abuela hablaba muy bien de Rosendo. Sin embargo, de Narayanath, solo atinaba recordar que el tipo la había abandonado con seis hijos un día, les desalojaron del departamento, tuvo que andar de mudanza en mudanza y vivió en todos los barrios posibles, con sus seis niños. Pero María era una persona de mucha fortaleza y también, sabía la necesidad de una buena educación. No sacó a ninguno de sus niños de la escuela para meterlo a trabajar, se dedicó a vender Avón y joyería de fantasía de puerta en puerta, entre otras cosas. Por eso mi abuela, cuando veía a la gente pidiendo dinero en las calles, se negaba a darles… ella sabía que se podía si realmente se quería.

Vagamente recuerdo que mi abuela visitó a Narayanath unas pocas veces, conmigo de muy niño. Lo sé, porque todavía recuerdo una pelota roja que Narayanath me regaló y también recuerdo el rostro de mi abuela, tranquilo y sereno… enamorado-nostálgico. Miraba con lástima en qué se había convertido aquel hombre que ella amó: un señor viviendo en un cuarto, lleno de humedad y de libros, con hojas arrumbadas en todas partes y tiradas una sobre de otra (todo lo contrario a ella, que se dedicaba a limpiar, tirar libros, repudiar la humedad de las hojas). ¿Era lástima o nostalgia? Todavía no lo recuerdo bien. Tal vez no tenía permitido recordar… una vez mencioné el recuerdo, ya teniendo más conciencia de mi mismo y mi abuela no respondió. Eso, a veces me hace preguntar si es un recuerdo que yo inventé.

Aún hasta los últimos días de mi abuela, cuando le mencionaban a Narayanath, ella hacía un gesto despectivo y decía: “Ese pendejo”.

Su séptimo hijo

Yo me considero como el séptimo hijo de María y su primer nieto. Aunque me cuentan que me tocó el dulce… los otros hijos tuvieron que sufrir mucho para estar bien educados y que no se metieran en problemas. Pero no me corresponde a mí el criticar y juzgar a mi familia, ni la educación que les dio mi abuela… eso lo harán ellos a su debido tiempo. Aún se quejan de muchas cosas y extrañan otras… tal vez esa es la maldición Salazar: Nos estancamos fácilmente, somos necios como una mula (como mi abuela solía decir) y para comunicarnos entre nosotros, somos unos cafres. Pero suficiente de análisis introspectivo y familiar. Eso sí, mi abuela por lo menos se dedicó a criar genios, hay dos en la familia con un IQ de 160+. A mi me regaló uno de 140.

Mi madre decidió relegar mi educación a la abuelita. Yo acepté gustoso, pues no me quedaba de otra: aún recuerdo que cuando miraba a mi mamá irse a trabajar, me ponía a llorar y gritar que no se fuera, cosas de niños. Mi abuela se aprendió las mañas para que yo no me diera cuenta de eso y naturalmente, la fui aceptando como la madre a quien recurrir. Los recuerdos que me saben a azúcar es cuando ponía sus LP’s del Bolero de Rabel, me cargaba y movía las caderas. Siempre le preguntaba si nos íbamos a poner a bailar y entonces, ella sacaba un disco de música clásica o similar…

Fue la música la que nos llevamos. Nos llevamos a Tchaicosky, a Mendehlson y a Mozart. También era fanática de la música instrumental como Fausto Papetti y Zamfir. Tenía gusto por los españoles como Rocío Durcal, Isabel Pantoja y Raphael. Me los inyectó en la sangre y todavía cuando camino y los escucho… pienso en ella.

Una vez ella me preguntó a qué me sonaba Tchaicovsky, yo tenía como diez u once años y respondí: “Me suena como a un caballero rescatando a una princesa”. Ella me miró como de burla y me dijo: “Ay Agustín, que infantil eres”. ¡Pues claro que era infantil! Me pongo a pensar en ello y todavía me río, era grandiosa mi abuela… desde esa época ya pensaba de mí como algo más profundo y yo le salía con esas barrabasadas.

Últimos días

En sus últimos días, mi abuela dejó de regañar a sus hijos por razones totalmente válidas. Se compró un cuaderno y con crayones, dibujó caracoles, girasoles y calaveras. A algunos les ponía color, otro los hacía a lápiz. Prefería el lápiz, porque no se sentía una pintora como para hacerlos en color. También se dedicó a escribir las leyendas que recordaba de su pueblo.