El calor fue un fastidio el día de hoy. Y al rato, igual y lloverá.

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Un ejercicio que estoy practicando es mantener mis oraciones lo más breve posible (en mi libretita moleskin). Aunque es bien dicho que el español no da para la sobriedad, que el español es una lengua harto romántica y variada para expresar lo habido y por haber, me doy el gusto de intentarlo. Aquí en mi blog, sin embargo, me descubro explayándome. Curioso, ¿no debiera ser al revés? ¿No se supone que lo más personal debiera de tenerlo escrito a mano y letra, y lo otro, lo opuesto, escrito aquí? Para responder, primero tendríamos que tachar la noción de “deber”. No hay ningún “deber” en el escribir. La gente acaba escribiendo por gusto, sin noción de como su pluma afectarán las ondas en el charco. Y, finalmente, yo como persona… mi rollo “personal”, es la sobriedad y la sequedad. Valores invertidos.

Me encanta pensar en las ondas del charco. Cuándo sucede algo importante en nuestra vida o cuando somos receptivos a las cosas sencillas, podemos ver que nuestras acciones afectan las acciones de otras personas. La prostitución de un comercial o el poema escrito en una servilleta de algún restaurante, son capaces de modificar la percepción de una persona. No siempre se da el caso o se da tan seguido que ya nos importa un bledo. Pero imagínenlo, acción y reacción, el aleteo de la mariposa y el tifón. A eso le llamo evento de caos.

(que higiénica y que responsable es la vecina, se esta cepillando los dientes de nuevo).

Nosotros podemos estar muy seguros de nuestro destino, de nuestro objetivos en la vida y del control que ejercemos sobre ella, sin embargo… los eventos de caos se encuentran por todas partes, a veces afectan decisiones nimias o las importantes, esas que son el quiebre. Es lo que me fascina. Como seres humanos no podemos evitarlo. Constantemente estamos afectando las vidas de otros.

La genialidad no se define en coeficiente, se define en que tanto influyen tus acciones en la vida de los demás. Ese es un verdadero genio. La princesa Diana, Paris Hilton y Albert Einstein, son la misma cochina.

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Bob, el cacto, ha estado inusualmente silencioso estos días.

No han vuelto a desaparecer niños y ya no he visto letreros colgados, en la Narvarte, de perros y gatos perdidos.

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Muy de chiquillo, cuando no tenía noción de la edad, me asomé por la ventana del departamento más grande en el que he vivido jamás. Entonces, frente a frente, me encontré a dos edificios de distancia con otra ventana y una sonrisa. Una adolescente de piel blanca, ojos resplandecientes y cabello largo, me estaba mirando al otro lado. Aún recuerdo esa sonrisa. Ella me saludó y yo he de haber reído, he de haber alzado mi mano para corresponderle el saludo. Mi abuelita, que estaba alrededor, me preguntó a quien saludaba y yo respondí que a la chica de la ventana. Ella me gritaba preguntas que yo no entendía y traté de responderlas.

Se me han acabado los cigarros y yo me sorprendo recordando esas cosas. Cada que recuerdo algo de mi niñez, me dan ganas de fumar. ¿Qué sería de la gente sin el recuerdo? ¿Qué será de la gente que nunca habla de ello?

Cuando acabó ese breve encuentro de sonrisas, de gritos y de ternura, me sentí un poco desolado y en mis momentos de ocio, me acercaba de nuevo a la ventana, con la esperanza de volver a encontrármela. No sucedió. Y no me pregunto que habrá sido de aquella chica, no me pregunto si eso obliga a que mire a las ventanas de Ropa Interior Morada y de las Gemelas y tampoco me pregunto si ese evento ha empujado mi fascinación, mi exagerada observación, a las ventanas de las casas y de los departamentos de toda la ciudad.

Estoy seguro de ello y qué más da.

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Estoy re-escribiendo “La Torre de los Sueños”. Tengo algunos planes en la cabeza y puede que acabe siendo una novela totalmente distinta.

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Hablando de genios, me mandaron un forward con un archivo de Power Point. Lo miré por curiosidad y me encontré con la increíble y maravillosa vida de Paganini. En cuánto lo abrí, empezó a sonar una pieza clásica, (de Paganini, asumo) y contó una historia de un tipo que tocaba el violín y en pleno concierto, se le rompieron hasta tres cuerdas del dichoso instrumento, pero siguió tocando, a pesar de la sorpresa del público, del director de orquesta y de la orquesta en general. Ya que terminó la dichosa montaña rusa de emociones, vino una moraleja de esas que son para los libros de autoayuda y convierten en sabios a cualquier persona de nuestro querido Y2K.

“Paganini es la viva representación del profesionista. Aún cuando se le rompieron las cuerdas del violín, siguió tocando… así que aún cuando te rompan la madre, sigue trabajando”.

Como yo no me podía quedar así, investigué a Paganini en donde se me ocurrió–: Primero Google, y despuésWikipedia. Si les da hueva checar por ustedes mismos, déjenme platicarles a grandes rasgos quien era Paganini.

Paganini era, lo que llamaban en su tiempo, un virtuoso y se le consideraba así a las personas que, además de tocar el instrumento, componían piezas específicas para ese instrumento. El tipo aprendió a tocar el violín, y también la guitarra (aunque ese aspecto de él, no es muy popular). Pero hey… esto, era muy común para los virtuosos de la época… lo que de verdad hacía a Paganini especial, eran sus muñecas.

El chavo tenía una especie de condición, que le permitía estirar y girar su muñeca y sus dedos a límites monstruosos. Así que alcanzaba las notas altas y podía hacer los cambios entre una y otra, con gran facilidad y rapidez. Muchos se dedicaron a observarlo, a tratar de aprender de él, pero acabaron pensando que él tenía un pacto con el diablo o con el demonio. Uno de los truquitos de Paganini, era, precisamente, que se le rompieran las cuerdas del violín en pleno acto, para demostrar como podía seguir tocando y como, con una cuerda, podía improvisar sus notas.

Así que, Paganini no es ninguna señal de profesionalismo… es una señal de genialidad, de esos que hay cada siglo. Si querías ser como él, ya te chingaste.

Por si se quieren leer lo que yo les ahorré (que es bastante), les dejo un par de links: