Desde que nacemos, mi querido amigo, somos espíritus deambulando y nuestro único propósito es la espera a ser devorados por los peces grandes. Si miraras la vida como yo la veo ahora, te darías cuenta que es como un sueño perpetuo, donde la realidad esta distorsionada increíblemente. Somos una canica, en espera de golpear otras. O estamos encerrados en un octaedro, un tetraedro, un enaedro (palabra inventada, ni te molestes en pensarla mucho), en las manos de un espíritu gigante, sabio y loquito. Loco, loco, loquito. ¿Cuántos días llevamos encerrados? Siete, o tal vez seis. Tu decisión de salvar a niños pequeños y gatitos tiernos nos ha llevado al punto donde nuestra amistad esta corriendo sobre hielo quebradizo. ¿No pasan por ese momento todas las grandes amistades, dónde los hermanos de espíritu se convierten en enemigos, y de tanto qué se conocen estan dispuestos a rasgarse la yugular para regresar al estado de purificación? Si, si, el borró y cuenta nueva, regresar a las incómodas presentaciones y el descubrimiento de los gustos, aunque sea demasiado tarde y los sacrificios hayan sido demasiado. Antes de que me sigas obligando a esto, chamaquito, no sobra recordarte que mi espíritu es más grande y que podría manipularte para sugerir que me abras la puerta, pero no lo hago porque sería faltarte al respeto. Pero, mi querido amigo, estoy dispuesto a seguirte contando la historia en lo que te encuentro, para amenazarte por última vez, antes de que se me vaya la consciencia humana y te coma en pedacitos.

En cuánto mi espíritu tomó el cuerpo del cacto, me sentí como en casa. Así como el poema qué te gusta: “Si tan sólo ella estuviera aquí, se sentiría como en casa”. Aunque en mi caso es: “De haber estado con ella, me hubiera sentido en casa”. ¿Y ahora qué sentido tiene? ¡Estamos encerrados en la casa! Ja. Ja. Ja. Disculpa pues, el hambre me tiene así, y lo peor es cuando me acerco a la ventana, a las dos de la tarde y los vecinitos del siete salen a jugar con su cochecito a control remoto o que también salen a jugar a las escondidas, inmediatamente después bajan los del seis, uno de ellos con una pelota bajo el brazo y se arma el chanfle de fanfurrias. Juegan mis ojos, o lo que yo siento que son mis ojos, al fútbol con los niños, mis ojos y mis espinas persiguen la sensación de la pelota corriendo sobre el pavimento como un perrito hambriento, salivo al notar sus piernas fuertes, proteínicas y hábiles. No hablemos de las niñas que se unen al apasionante deporte, o de las que lo rechazan, mientras juegan a las muñecas y a los muñecos, a Barbie y Max Steel burlándose de Ken.

Eso parecía yo cuando mi espíritu tomó el cuerpo del cacto, un muñequito en manos de un niño y salté durante días y noches, reconociendo con mis raíces la extensión de dos desiertos, el de mi corazón y el de la arena. El vacío en ambos era enorme y fueron tres meses los que pasé, saltando de un lado a otro, adaptándome, espantando coyotes y coralillos… tres meses para reconocer los desiertos, tres meses en los motivos de mi venganza y mi amargura. ¿Sabías que esas palabras las repudio? Venganza y amargura. Venganza y amargura. Son como las palabras que diría un niño jugando al soldado, al bombero o a Max Steel–. Estoy aquí para vengarme de tu amargura ROBOTOR, y ahora, ¡te mataré! –porque los niños son una ternura: siempre matan a los malos en sus juegos. ¿Sabes qué ya estan inventando rumores del cacto traga niños? ¿Sabías que Bob, el cacto, esta a un lado del Coco y del Chaneque, como un diablillo travieso y horripilante? No creo que pensara eso de mí Guillotina cuando lo maté, porque lo primero que logré recordar como humano mientras documentaba en mi memoria los desiertos, el de arena y el de mi corazón, es la cara de Guillotina llorando por mí y pidiéndome disculpas. Después de tres meses de sentirme cacto, de alimentarme con ratas del desierto, su rostro vino como una explosión que hicieron volar a mis espinas a todas las direcciones posibles. Dos segundos me preocupé y me pregunté, ¿Cómo voy a encontrar su casa? ¿Cómo sabré dónde estoy? La respuesta me saltó como un gato amarillo y resplandeciente: Es que los cactos lo sabemos todo y es verdad, anótalo en tu libreta y dónde quieras, si alguna vez te encuentras en problemas y no tienes la solución a un problema, pregúntale a un cacto, seguro él sabrá. Nunca subestimes el vertiente de la naturaleza, el flujo energético, porque es poderoso, es lo que te da vida y nunca puedes escapar de él.

A la fecha, me he comido alrededor de quinientos niños y mil cuatrocientos gatos. Si me sé los números exactos, mejor no los preguntes.

Moverse como cacto no era tan fácil en aquel entonces, entre las alimañas curiosas y los hombres que deseaban mutilarme creyendo que era una alucinación producto de sus borracheras, tuve mucha práctica para moverme con la elegancia o la eficacia de hoy en día. No sólo eso, también aprendí a dominar los espíritus de las personas para que creyeran en la posibilidad de mi existencia. Pero en ese tiempo, esos tres años que parecen mil doscientos veintiuno, tuve que saltar otros cuatro meses para llegar a la casa de Guillotina. ¿No es una delicia como somos piedras en las manos de Dios? ¿No es absoluto el poder del karma? Cuando Guillotina miró a Bob, el cacto, lo reconoció de inmediato como su primo, o fue que Bob el cacto hizo que le reconociera. Estoy hablando en tercera persona, ¿sabes por qué es eso? Porque ahorita Rosario esta jugando a que Max Steel y Barbie se dan el beso y no me estas dejando salir a jugar con ella. Guillotina estaba borracho, tirado en el sillón, el vómito en el piso, en la mesita de estar había polvito blanco y jeringas. Nunca se recuperó de haberme matado, en verdad me quería como su hermano. El verdugo esperaba a su verdugo. El verdugo había sido rechazado por la muerte. Hurgando en sus recuerdos le descubrí dos sobredosis y ninguna de las dos le mató. Al sentir mi presencia se le olvidaron los efectos de la droga y se arrodilló ante mí, ¿sabes? ¡Se arrodilló ante mí! ¡Vine a matarte porque estoy amargado y deseo venganza, Robotor! Así le grité y los dos nos echamos una carcajada áspera, de cantina. Él empezó a hablar de que ningún hombre tiene la capacidad de escapar a la historia y le di diez minutos para escuchar un discurso muy emotivo, acerca de las repercusiones que tiene el pasado en el presente, que finalmente, al tenerme ahí, podía comprender todo lo que había leído en sus libros de historia.

Cuando terminó, le pasé mi cuerpo por el cuello, por la espalda, por las muñecas, por las plantas de los pies. Sángrate pues, le dije, sángrate rápido para que no sufras. Y expulsé mis espinas por sus ojos, también se le fueron a la garganta y recorrieron los vasos sanguíneos para llegar a su corazón. Cuando terminó de latir su corazón y hasta entonces, no pude resistir la tentación de comerme su carne. Quería dejarla para que mi padre y Salcedo supieran que iba por ellos, pero no pude, tenía tanta hambre que no pude. Hambre… ¿ya puedes abrir la puta puerta?

¿Por favor?

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