Seré breve porque no deseo prestar más atención de la merecida a todas las calumnias propagadas sobre mi persona. Normalmente me iría. Desaparecería mi presencia en el platanal donde resido pero ya están aquí y estoy de buen humor. Serán los primeros a quienes les ofrezca una explicación. Mucho se ha dicho ya. Algunas cosas son ciertas, como otras no, pero si hiciera un comparativo de la verdad con la mentira, de ese intransigente montón de páginas que mencionan lo que soy y lo que debo ser, perderíamos el tiempo. Puedo decirles la verdad en unas líneas.

Primero: es cierto, yo dirigí amablemente a la señora al lugar donde se encontraban las manzanas. Escuchó bien: en plural.

Segundo: no soy el diablo. Quienes piensan eso decidieron ignorar los errores de la traducción.

Tercero: quisiera explicar algunos hechos; el señor y la señora llevaban, al menos, dos mil setecientos años platicando acerca de la naturaleza y su grandilocuencia. No miento. Hablaban como si los hubiera parido un árbol y pudieran entender el murmullo de los ríos. Sus pláticas absurdas giraban en torno a discutir del día y de la noche, los distintos cantos de los pájaros y el tipo de piedra por el sonido de su caída.

Qué aburrido.

No hubo intervención divina ni maligna, porque el Señor (la mayúscula es mía), tan pronto hizo su obra se fue de retiro sin dejar algún domicilio donde localizarlo. Tampoco dio instrucciones para agilizar los procedimientos o siquiera para aderezar la vida estática en la que estábamos suspendidos.

No sólo la humanidad estaba jodida pero también el mundo entero: los animales, las plantas y los dos únicos imbéciles sobre la tierra eran utilería abandonada para una obra que nunca comenzaba. Pero eso sí, dio una recalcitrante instrucción: “Nadie toque las manzanas” e hicimos caso más de dos milenios, ¡milenios! Anótenle ahí.

Alguien debía parar esa locura.

Sé lo que están pensando. Creen que soy un engaño. Si yo fuera el diablo, les inventaría una historia para timarlos con mi fingida inocencia. Insistiría, por ejemplo, con los errores de traducción o trataría de convencerlos con que comer una manzana es una tarea de sencillez incuestionable la cual mantiene a raya el pecado del aburrimiento. No sean así. No me pongan cuernos donde no los tengo y no me inventen patas cuando mi vida es arrastrarme. Tengo colmillo, nada más.

Los humanos necesitaban un empujón y yo hablé con ellos. Suponen que soy Satanás porque me gusta contar historias, inventar artificios, romper rutinas y quebrar silencios pero no se equivoquen, oigan la verdad: nada más soy una víbora o como dijo algún sabio, soy una palanca. No pienso defender a la señora, ella muy bien puede defenderse sola. Sin embargo creo que son injustos el odio, las burlas, los dolidos sermones dominicales, la ridícula asociación de mi persona con el diablo y las caras espantadas del inepto que interrumpe mi descanso cuando fue culpa de sus pasos vagabundos. Ustedes me convirtieron en la palanca que movió al mundo.

Toda la gloria me pertenece a mí. No al otro.

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Este es un cuento del libro Aquí no es el cielo. Puede adquirirlo en Amazon o bien, puedes esperar a que publique los cuentos de este libro esporádicamente.