Mi hermano decía que una historia empieza a partir de un sueño y que el sueño es el disfraz de un deseo oculto. Soy escéptico. Creo en los sueños como un método para reciclar los pensamientos y rejuvenecer el cerebro, curarlo de la información y de la jornada; la función primaria de cerrar los ojos, abandonarse y esperar al retorno de la mañana. Nada más. El mundo onírico de enigmas y de revelaciones, de escaleras infinitas y caídas súbitas, de lujuria indeseable o incomprendida no es otra cosa que un cuerpo sanando el óxido de las neuronas.

De aquella tarde, cuando traté de poner la cabeza de mi hermano en su lugar, recuerdo dos datos más: tenía tatuado a Jesucristo en el pecho y atrás, cubriendo toda su espalda, la imagen de un árbol milenario.

¿Por qué?

Mi hermano nunca habló de tatuarse. No creía en Dios con fervor y tampoco amaba la naturaleza. Los tatuajes. Hoy presiento que son un mensaje. Los veo claramente en mi memoria: sus líneas gruesas y delgadas, sus ojos vivos que te vigilan y su ramaje caótico y engañosamente infinito, y al final la unión de ambos a través de una delgada línea que sale de uno de los dedos de Cristo hasta una de las primeras raíces del árbol del mito. ¿Pero cuál de todos los árboles? ¿Era el de la ciencia? ¿El del bien y el mal? ¿O se trataba del Yggdrasil?
¿Por qué, después de todos estos años, insisto en verlos como una imagen quemada en mis retinas? ¿Acaso la muerte de mi hermano es un mensaje, una revelación, un truco? No, no quiero pensar en ello, no quiero ser otra vez el perrito que persigue un misterio imposible de resolver, el hueso del eterno retorno.

No quiero.

Por fin tengo algo parecido a una vida.

Hoy pienso en mi hermano y siento que esta vez no puedo dejarlo ir.