El lobo rojo, entre dolores, carcajadas masoquistas y pequeños escupitajos de sangre, contó su historia a Fest como si creyera que lo suyo era una historia matinal de domingo, tan esperada por los niños y sus padres. Aunque bien es cierto que la mente prodigiosa de Fest estaba ocupada en el sopor del sueño, parte de su mente registraba la voz rasposa y oscura de un demonio improbable de existir en el mundo físico y también imposible en su paso por la historia de los hombres (y los nombres), pero Fest sabía que la historia era registrada por vulgares triunfadores y se modificaba en el tiempo a base de simpatías. Es decir, si en nuestra historia los místicos indígenas hubiesen marchado triunfadores sobre la ciudad que flotaba en el agua, tal vez hubiesen existido las reservaciones criollas, mientras que una España demolida económicamente hubiera sido anexada a algún imperio francés. Hubieran existido dos lenguas: un nahuatl con castellizaciones re chistosas y un francés con un acento gallego muy interesante. Pero esa es mera especulación, y Fest acota: muy fantasiosa, originada por la simpatía mencionada antes, esa simpatía que le provoca su lejanísima herencia indígena –a pesar de ser un hombre blanco de estatura mexicanamente inaceptable–, cuya supervivencia principal reside en las artesanías populares y las estructuras que se niegan al olvido.

La historia, es el arte de narrar cuentos que no ocurrieron tal cual, pero que son popularmente aceptadas porque le dan trabajo a todos los demás: al ejército, a los políticos, a los geógrafos, a los profesores, a los abogados, a los detectives privados, a los organilleros, a los pintores, a los pepenadores, a los estudiantes e investigadores, etc. Etc.

–Se sabe que mi padre, era un lobo grande y feo… Jala más fuerte, si me vas a lastimar de todos modos. El colmillo me crecerá de nuevo, sólo que no lo había intentado por la simple razón que debe ser un hombre quien me libere y que suerte, hoy pasabas por aquí. Mi padre era Fenrir, uno de tres espíritus encargados de iniciar el Ragnarok, se sabe que fue encadenado por una bola de enanos que podían forjar cadenitas mágicas y que sería el destino final del arquero ciego y de Odín, aunque no me hagas mucho caso, fue mi mamá quien me contó la historia cuando era un cachorrito como él.

El lobo señaló a Torres, quien seguía con los oídos tapados. Fest volteó a mirarlo brevemente, apretó los dientes y movió las pinzas como palanca para tratar de aflojar el colmillo, sin embargo, lo sentía tan duro como una piedra. El lobo aulló, su aliento era demasiado caliente, Fest llegó a pensar que Kromg en verdad estaba hecho de fuego. Una carcajada pausada se apoderó de él.

–Pero mi mamá era muy mentirosa, es cierto que soy un espíritu, sin embargo, creo que nací en el 100 antes de Cristo, en China. ¿A poco no te parecen los dragones de papel asombrosamente familiares? Libertad estética de aquellos grandes pensadores y supersticiosos… De aquellos espiritistas. Viví ahí durante mucho tiempo, no se cuanto la verdad. Habitaba los bosques y aldeas enteras me rendían tributo de arroz y animales pequeños, más tarde coroné emperadores, les di la pólvora, le di consejo a filósofos y generales. Mi madre siempre me advirtió que al ser un espíritu…Bien, Argh… BIEN, JAJAJA, MUY BIEN, que un espíritu nunca debía estar consciente de su contexto histórico, porque al estarlo, entonces terminaría por volverse loco y destruiría su mundo… Mi mamá era muy mentirosa, no hagas mucho caso…

Fest pensó que la suya también lo era de alguna manera y compadeció al lobo. Se sintió identificado con él. La madre de Fest limitaba la verdad de sus orígenes, por ejemplo. Le soltaba pistas muy breves de la historia que tuvo con su padre, como se conocieron, que fue lo que de verdad pasó, la familia de su padre, el origen de su apellido. No la culpaba de todo, no quería molestarle y preguntar directo al grano, ¿qué tal si eran recuerdos dolorosos?, por eso había olvidado cualquier tipo de insistencia y por ello se conformaba con esos datos confusos, esas mentiras o verdades a medias. Fest y Kromg, se encontraban igual de solos, a su propia costa, para descubrir algo de sus orígenes.

–Creo que mi mamá era algún tipo de diosa de las mentiras en una cultura africana. Ya ves que ellos tienen dioses o espíritus para regalar. Pero si estuve en la China de aquellos días, y ahí me quedé mucho mucho rato. Era un país lo suficientemente hermoso y colorido para ARGH… JEJEJE, JE… Duele… Sí, ¿qué decía?

–Hermoso y colorido –le recordó Fest.

–Oh… Sí, hermoso y colorido como para dejar pasar los eones ahí. Tenía a los contribuyentes suficientes como para no disolverme en el olvido. Tuve los suficientes nombres para renovarme cada siglo. Dormía plácidamente, a veces ayudaba al crecimiento de la cosecha y resolvía la plegaria de algún campesino o monje para no sentirme mal. Mamá estaba muy orgullosa de mí y me contó que mi verdadero nacimiento se dio cuando hizo explotar al espíritu de un volcán, en un orgasmo que produjo cinco espíritus de fuego, yo incluido, y entonces mi madre nos buscó a todos trabajo y se burló de mi padre, quien con su esperma de fuego, había hecho piedra a todos sus creyentes HIJOEPUTA… URGHEJEJE…

–Era una cabrona tu madre.

–Cuanta violencia, cuanta violencia…

–Sí. Si lo es.

–¿Sigue viva?

–Sí.

–Ohhhh… También la mía. Tenemos tanto en común.

–También mi mami esta viva, y mi papi –dijo Torres tímidamente.

–Pero en este club sólo cuentan las mamis, chicuelo.

–¿Si soy parte?

–Claro que si.

–Arghhhhhhhhhjhaaaaajajajsa.

–Cuanta sangre… Cuanta violencia…

Fest se dio cuenta que estaba ante un dios menor. Una de las peculiaridades de los dioses es que deben tener alguien que crea en ellos para continuar su existencia. Alguna vez, durante una de las misas de secundaria, en medio de tanta gente con sus suéteres tejidos y sus chales calientitos, pensó en lo desolador que sería el escenario si un ataque de ateísmo los atacara a todos de improviso. Se tendrían que apagar las velas, se tendría que retirar el oro de los cáliz, los marcos, las cajas y las tumbas y fundirlo para hacer algo de provecho con él, se hubieran bajado los cuadros y las maderas con la forma de hombres crucificados. –¿Y quién es él? –hubiesen preguntado los ex–feligreses, –no lo sé –respondería un cura confundido. Entonces masivamente las iglesias serían abandonadas, a la misma hora, con la gente planeando como ocupar el espacio de esos edificios, se olvidarían de diezmos y de cualquier otro tributo, los ritos del matrimonio y de los muertos perderían su belleza para convertirse en meros trámites, ceremonias nada ceremoniosas. Tendría que re–escribirse toda la literatura que mencionara a dios, tendría que revisarse todo el conocimiento, tendrían que pintarse otras grandes obras para reemplazar a la capilla sixtina y todos los cuadros del Greco. Porque pobre Greco, sin Dios dejaría de existir, pobre Dante y pobre Albinoni. Pobre Chaucer y pobre Boccacio. Pobre Juan Dios de la Cruz y pobre Ernesto Cardenal. Entre más grande el Dios, más grande el vacío, un vacío enorme en el corazón histórico del hombre.

Otros dioses se levantarían. Becerros de oro y lobos de fuego.

–Si te soy sincero, de mi pasado reconozco poco. Al hablar de pasado me refiero cuando menos, quinientos años de tener consciencia histórica. Así es, a los ojos de mi madre soy un loco y un devorador de mundos, por eso me presento así. Aunque si me preguntas, no me siento un peligro potencial para nadie –sonrió enseñando todos los dientes–. Quiero el lugar donde vivo. Lo amo tanto desde que empecé a darme cuenta de sus habitantes, escuchar sus noticieros, sus conversaciones habituales. Son quinientos años de que yo, el espíritu devorador de mundos, vive en México y se preocupa más de sus habitantes y su rutina diaria… URGh jo, que de los tributos y las oraciones… Pero vine en mal momento, llegué aquí por error… Tomando uno de los caminos erróneos para llegar a un templo sufí, no sé como, acabé en el vientre de una jóven indígena… Y sus dioses me miraron, cuando me di cuenta, ya tenía a Huitzilopochtli y Teoyaomiqui encima. Un dios enorme, tan grande como no hubiera visto jamás, con cabeza de serpiente y pelaje de colores, conjuró cuatroscientos encantamientos con su lengua de plata y heme aquí, atado a tierras mexicanas, mirando el cielo azul, y las incontables guerras entre los espíritus prehispánicos y el de Cristo, el dios de dioses, tan grandioso y resplandeciente. Habrán peleado durante mil noches con sus días, hasta que el señor Quetzalcoátl se fue quedando solo, señorialmente solo, hasta que tomó otro barco o se metió en las faldas de un volcán y se quedó dormido. Me olvidaron…

–¿Es cierto todo lo que me estas contando? –preguntó Fest, con un esfuerzo jaló el colmillo una vez más, un nuevo río de sangre caliente, más carcajadas y los quejidos del niño. Fest hizo tres palancas y con un último jalón liberó a Kromg de su colmillo. Fest esperaba un chorro de sangre que le manchara más de lo que ya estaba, pero no sucedió.

La voz del lobo se hizo más débil, sin embargo, continuaba en cuatro patas, los músculos se marcaban con cada respiración.

–Cristo me tocó, trató de liberarme porque de por sí, México estaba lleno de falsos dioses y no quería la interferencia de uno más. Pero las cadenas de Coatlicue, hecha de sus jugos fertiles… Bueno, ya te imaginarás, si de por si, se tomaron la molestia de traerse a los enanos de tierras nórdica para forjar la cadena. No fue fácil amarrarme. Tenía que venir un hombre que creyera en mí para liberarme. Tú por ejemplo. Cristo o Dios no pueden hacer milagros porque estarían contradiciendo la naturaleza de su existencia, ¿entiendes lo que digo? Bueno… Todos los espíritus estamos limitados a lo que nuestros creyentes dicten. No podemos hacer ni más, ni menos. ¿Entiendes? No, no me entiendes. Yo hace mucho dejé de tener creyentes… Pero apareciste tú en el momento preciso… Como un amigo, como tu amigo el cacto, al que debemos rescatar porque es mejor… Si, debe ser mejor tener un sólo amigo que crea siempre en ti y hablen del clima o de la comida o de mujeres y desamores a tener un millar de creyentes a tus espaldas, cantando tu nombre y siempre solo, insoportablemente solo, mirando un cielo, y sin poder bajar a la tierra y tocarla con los pies desnudos.