I do not believe that any man
could long retain his reason in such solitude,
unless he had the companionship of animals.
One begins doubting one’s own identity.
—Samuel Butler

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Aldo puede morir al despertar del próximo sueño. No queda mucho tiempo. Los médicos lo dijeron. Gracias a varias angustias mundanas todavía no muere. Una de ellas es el perro, por ejemplo, cuando mueve la cola para jugar. Aldo responde con una mirada harta, casi muerta, sin fuerzas. Es una mirada que ha practicado los últimos meses y cada vez le sale mejor. Pero con el perro nunca funciona.

Cuando estaba en el hospital, pidió a los médicos un poco de piedad. Un poquito más de morfina, por ejemplo. Ellos no quisieron entender. Aldo tuvo la culpa: no pronunció las palabras exactas para pedir la muerte, no tuvo el valor y cuando creyó tenerlo, se tragó las palabras, dio varios rodeos y habló de otra cosa.

Lo mandaron a casa hace unos días. Ya no tiene dinero, se gastó lo del seguro y las deudas se acumularon. Uno de los médicos se presentó junto con un grupo de enfermeros para deshacer las sondas, desconectar los cables y retirar los aparatos. Era joven y apuesto, recuerda Aldo, y lo envidió por ello. El médico indicó, con un ligero tono de vergüenza bien practicado, que en su casa estaría más cómodo.

Esa fue la piedad.

No debería tomar café, tampoco debería fumar pero ya está condenado. En el humo, en el fuego, espera resignado la muerte. Corre la cortina para mirar afuera, extraña el cielo y la luz del sol. Ignora el televisor siempre encendido, el radio en bajo volumen y el trino ocasional de los pájaros. Afuera hace ruido pero adentro, más allá del cuerpo, el silencio es tenaz. Abandona los últimos vestigios de su alma en la respiración, la exhalación de los químicos, el sonido del papel y del tabaco cuando chupa el cigarrillo y también en las trompetillas de sus propios pedos.

Está harto.

Debieron ser piadosos. Esperar es muy aburrido. Ojalá no fuera un pusilánime y tuviera las fuerzas para sacarse las entrañas o cercenarse el cuello.

Interrumpen el sueño de muerte. Tocan a la puerta dos o tres veces. Aldo intenta levantarse y se rinde. Ya sabe quiénes son. No caminará para ellos. Quizás podría correr la cortina, abrir la ventana y recibir los documentos, pero no lo hará. Es el viejo anuncio, la noticia del dinero ausente. Las personas detrás de la puerta insisten. Aldo escucha su conversación.

—No hay nadie. El perro tampoco ladra. Empújalo por debajo de la puerta.

—¿Otra vez? ¿Habrá muerto?

—No. Si eso hubiera pasado el perro aullaría, son animales bien listos y bien cariñosos. ¿Deberíamos informarle a alguien?

—No es nuestro trabajo. Hoy no quiero ver algo triste. Tienes razón, mejor dejamos el sobre, si nos vuelve a pasar entonces vemos qué hacer. Seguramente se está escondiendo. Siempre se esconden.

—Siempre.

Empujan el sobre manila, tamaño carta, debajo de la puerta. El par de hombres se van. Aldo escucha sus pasos alejarse, primero por el concreto y luego por el césped. Quiere quejarse pero no lo hace. El jardín tampoco importa. Ya no.

Aldo, lacónico, mira el sobre que se deslizó hasta llegar a mitad del pasillo. Distingue el logotipo del banco, algunos sellos. No quita la mirada de encima como si ello ayudara a pagar sus deudas. Termina el cigarrillo y consigue los ánimos para acabarse la taza de café. El sobre no se moverá. Más tarde se levantará a recogerlo. Hasta pensar en ello es cansado. Cierra los ojos, otra vez quiere dormir, así reduce la espera en lugares más agradables.

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Aldo sueña con la sonrisa pintada de carmín. Es su esposa. Usa un vestido veraniego y azul claro. Aprovecha el viento y hace piruetas. El vestido se levanta. Mira la estela de sus zapatillas blancas en el piso, mira el contorno suave de sus pantorrillas, mira el vaivén de su cabello ceñido en una cola con un lazo blanco. Él recuerda sus palabras: “Yo sólo existo para esto.”

No quiere pronunciar su nombre porque, de hacerlo, sería aceptar el destino de ella, empolvándose en numerosas fotografías dentro de la casa. Fragmentos de memoria que los conservan juntos, sonrientes, payaseando, haciendo caras a la cámara como si pudieran reírse de todos los demás porque han encontrado algo, lo imposible, o quizás porque el peso de grabarse en un papel, o en un puñado de pixeles, fuera demasiado, una responsabilidad que no debiera de tomarse en serio.

En el sueño han regresado a las pirámides de San Juan de Palma. Pisan sobre el pasto y la tierra que oculta las viejas estructuras, ladrillos milenarios, de un gris cenizo. Aldo mira sus manos. No están enfermas como lo estarían afuera del sueño. Caminan juntos, se toman de la mano y él siente paz cuando los dedos se entrelazan. Han conseguido asirlo. Ella es una cuerda que lo salva.

Ya no está perdido.

Aldo intenta hablar con ella. Hay un sonido pero no puede comprender palabras. Ella responde en el mismo lenguaje indescifrable. No podía ser tan bueno. El sueño lo separa en dos: el Aldo que actúa el sueño y el Aldo que lo razona. Se acecha a sí mismo en el sueño. Envidia la acaricia: él soba con la punta de los dedos los nudillos de su mujer. Él sí puede sentirlo y vivirlo.

No puede evitar el mal sabor de boca, aun cuando tiene una fecha y sabe que pronto se irá. Creía que la cercanía de la muerte lo ayudaría a sentir exclusivamente buenas cosas. Se equivocó. Ella sonríe. Aldo dividido siente una alegría punzante. Trata de olvidar la envidia. El sueño es una película y además de actor (un reflejo sano, un adonis en su mejor época), él es un espectador; se reconoce como un viejo colmado de recuerdos. Saborea la memoria mientras sueña.

El sueño empalma con el recuerdo. Aquella tarde tomaron el coche y decidieron vivir una aventura. San Juan de Palma, exclamaron al unísono, cuando vieron los letreros en la carretera y apostaron por la dulzura del nombre en sus labios. Ese debía ser el lugar. Aldo intenta avanzar en el recuerdo pero una sombra intempestiva lo empuja, deja una estela y quiebra la línea de visión que tiene Aldo sobre Aldo y su mujer.

Un perro se roba la escena: es un blood hound café, de patas gruesas, orejas largas y ojos de perpetua tristeza. Su lengua y sus orejas parecen consumirlo todo: la pareja, las pirámides, el césped, el cielo. Su baba hace un río. Sus jadeos son estridentes. El formidable animal se rinde al peso de su cuerpo y las arrugas atrapan todo entre sus pliegues, jalan la tela de la realidad soñada y la deforman.

Lo llamaron Brama por el abuelo de ella: Abraham. Aldo quiere a Brama y lo quiere mucho, tanto que todavía no se muere porque le preocupa su destino, pero esta vez lo odia. El maldito perro arrebató la poca felicidad ganada con el sueño.

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Abre los ojos y Brama espera sentado frente a él, con el sobre manila arrugado dentro de su hocico. La baba lo humedece, ensucia el color de diversas maneras. Aldo considera dejárselo al perro, un accidente agradable que le impedirá actualizarse en las cantidades, los intereses y la escueta amenaza de embargo.

El ambiente es distinto, es más oscuro. Ha dormido la mitad del día. Ha despertado en la oscuridad después de abandonar un sueño luminoso. Consulta el reloj de pared y trata de ignorar la fotografía colgada a su lado, aunque es en vano. Acaricia el marco y el vidrio, repasa los contornos de la pareja. La casa tiene modos para recordarle que alguna vez fue feliz. La crueldad animal de Brama no sólo irrumpió en el sueño, también despertó la memoria de otro tiempo y el habitual proceso del dolor.

Aldo extiende una mano y despliega una sonrisa con demasiado diente.

—El sobre Brama, dame el sobre.

Necesita apoderarse de algo suyo para desquitarse con él. Brama no responde, sencillamente lo observa, como si el Brama del sueño, el imponente, el necio, hubiera reemplazado a su mascota. Aldo espira cansino, mira las garras sucias del perro, alza la vista por encima de su cabeza y nota un camino de patas dibujadas sobre el suelo. El camino inicia en la puerta que da acceso al jardín trasero.

Desde hace unos días, el perro se empecinó en cavar un agujero y Aldo no tuvo las fuerzas para detenerlo o castigarlo. Ni siquiera el vecino que solía ayudarlo con los paseos, y algunos otros favores, ha logrado sacar a Brama de su concentración en el trabajo. El perro se concentra en el agujero día y noche.

—Mañana vengo a tapar el agujero —prometió el vecino cuando se asomó al jardín para recoger a Brama y se fijó en el montón de tierra.

Ese día, el agujero no era de gran tamaño, apenas de unos treinta centímetros de radio. Aldo manoteó en rechazo a la propuesta del vecino.

—Déjelo hacer, al menos uno de los dos tiene que mantenerse ocupado.

Aunque el agujero ya es mucho más amplio, tanto que Brama ya puede meter la mitad del cuerpo en él, Aldo no se arrepiente. El jardín era para ella y sin ella el jardín perdió su propósito. El perro ya deshizo las plantas y algunas flores; una dalia, tres adelfas, un pequeño árbol de dólar han ofrecido sus vidas a la causa del diligente trabajo de la mascota.

—Dame el sobre.

La insistencia de Aldo provoca el gesto interrogante de Brama. Frunce las arrugas de su frente y mueve los ojos hacia la izquierda, y luego a la derecha, como si temiera ver a su amo a los ojos. Levanta el cuerpo pero en vez de obedecer, gira lentamente y da la espalda. Mueve la cola cautelosamente, contonea las caderas con un ritmo elegante, igual que un tigre, y avanza hacia la puerta del jardín.

—Ven por él.

Aldo se lleva una mano a la cara, la frota. El perro sale corriendo por la puerta, con el sobre en el hocico y se pierde entre los montones de tierra. Aldo escucha cómo sus patas golpean el suelo. Ha regresado a su agujero, ¿por qué se llevó el sobre? Aldo reflexiona sobre la voz que acaba de escuchar. Gruesa, calma, arrastra las palabras sin prisas. Es una voz que ya aceptó la muerte del mundo.

La voz que tendría su perro si pudiera hablar.

—¿Quién está ahí? ¿Eres tú, Brama?

Nota el contraste de su propia voz con la voz que escuchó. Se avergüenza por su tono atiplado.

Brama deja de golpear la tierra y asoma la cabeza por la puerta, respondiendo a la voz de su amo. Sus orejas están planas, como un satélite invertido, y su lengua enorme cuelga fuera de su hocico como un péndulo vivo e inquieto. Brama sonríe.

—Me vuelvo loco Brama, creí que hace un momento me hablabas.

El perro ladea ligeramente la cabeza, como si interrogara a su amo. Luego de un momento de silencio, se gira y regresa al jardín.

—Ven. Quiero enseñarte algo.

Esa voz como una espesa armonía que reposa suavemente sobre los objetos, una invitación al abandono. ¿Por qué esa voz lo incita a moverse, a salir del refugio de su propio peso? Aldo se golpea el rostro con las palmas de las manos, no quiere dejarse engañar. ¿Está alucinando? ¿O todavía está soñando? Este es el inicio de su vida en el otro lado. Cuando el perro irrumpió en el sueño lo arrastró a otro lugar, uno muy similar a la casa donde vive y donde la tristeza es la misma, con la excepción de que ahora tiene con quien hablar. Se pincha la piel del brazo, duele, aunque apenas se distingue entre todos los dolores inexorables que consumen su cuerpo.

—¿Eres tú, Brama?

—Ven, ven ya.

Aldo hace un esfuerzo lastimero por levantarse. Se mueve paso a paso, con la vista al frente, directamente a la puerta de vidrio. Apoya sus brazos contra las paredes, contra la mesa del comedor y los sillones de tres plazas. No desea cruzar la mirada con las fotografías clavadas en el muro. Hace tiempo debió quitarlas pero está muy cansado. El esfuerzo de seguir a Brama es agotador. Atraviesa la puerta, el jardín y prende las luces para verlo mejor.

El agujero está mucho más amplio.

Varias islas de tierra pueblan el jardín. Las plantas han muerto, incluso las adelfas más alejadas, las que Aldo pensaba estaban a salvo de la obsesión de su mascota. Hay un limonero que perdura, neciamente, y saca apenas un puñado de ramas entre tanta tierra porque su tronco, sus espinas, están enterradas bajo una de las islas.

Aldo nota un camino irregular que hizo Brama —a mitad del camino está tirado el sobre manila, manchado de tierra y de saliva—, de tanto que lo ha recorrido. Cuando mira hacia el agujero, distingue un fragmento de la cola del perro erguida con firmeza. Escucha el eco de sus patas cavando. Aldo camina hasta una silla de jardín y se sienta en ella para descansar. Todo esto es demasiado para él.

—Dime Brama, ¿estoy soñando?

Brama, metido en el agujero, hace una pausa.

—No. ¿Te gusta lo que hice para ti?

Aldo se lleva una mano a la boca. Ya no puede dudarlo: la voz responde al nombre de Brama. Ha enloquecido.

—¿Estás cavando una tumba, Brama?

—No.

—¿Estoy hablando contigo, Brama?

—¿Con quién si no?

—Sal Brama, mírame y dime algo.

Brama sale del agujero, encara a Aldo, toma asiento y emite un pequeño ladrido.

—No, Brama, habla como una persona.

Brama gañe brevemente, confundido, y luego de un silencio, mete el cuerpo al hoyo de tierra y regresa a la excavación de su túnel.

—No puedo. Ahora responde mi pregunta.

—¿Cuál?

—¿Te gusta lo que hice para ti?

—¿De qué hablas?

—Del agujero.

—¿Para qué sirve el agujero?

—¿No es obvio?

—Perdóname, Brama, para mí no es obvio. Pensé que cavabas mi tumba.

Brama se detiene, saca el cuerpo de la oscuridad que se traga la mitad de su cuerpo y dándole la espalda a Aldo, cuenta lo que encontró en el agujero:

—Empecé mi tarea como una bodega para guardar los pocos huesos que me das y también para los que me trae el vecino. En aquella ocasión te dijo algo. ¿Lo recuerdas? Ofreció darme una casa para cuando cierres los ojos y hagas tu último viaje. No pensé que sería tan pronto. Ya estamos aquí y ahora nuestro destino pende de un hilo, ¿pero quién podría saber? Nadie conoce la fecha exacta de las encrucijadas, de la muerte o de las mudanzas.

»Deseo pedirte que no me abandones pero es imposible, puedo oler como crecen los tumores en tu cuerpo, escucho a tu sangre ensuciar tus arterias con cada viaje y miro los recuerdos dolorosos colmar tus ojos. Has perdido la voluntad. Algunos días olvidas alimentarme, o no tienes fuerzas para hacerlo y no lo reprocho. Para eso comencé mi tarea. Mientras cavaba el agujero, adquirí consciencia de mi propia mortalidad y tan pronto sucedió, entendí muchas cosas. Es por eso que ahora poseo el don del lenguaje. Hice una pequeña desviación en el agujero para guardar comida pero, siguiendo una corazonada y ciertos olores que capturó mi nariz, quise cavar más profundamente adentro del túnel.

»Descubrí aromas nuevos y abundantes. En el camino obtuve un propósito. Además del don del lenguaje, empecé a dominar el don de la memoria y el de la invención. Descubrí que nuestra tierra, bajo este jardín vencido, esconde muchas cosas y es posible, sí, escapar a otro lugar en ellas.

»Cavé durante muchas noches y muchos días, más de lo que has visto en tus esporádicas visitas para admirar mi trabajo. No te imaginas lo que encontré adentro: tumbas de caballeros y reyes; cuevas profundas donde viven lagartos envueltos en azufre que protegen montones de metal suave; un centenar de puertas que llevan a otros lugares del mundo y nos conectan a todos; espíritus alados y traviesos que intentaron perderme en múltiples caminos pero no te preocupes, fracasaron porque mi nariz es prodigiosa y nunca olvida; una desviación oscura que lleva a un lugar caluroso y putrefacto donde alguien alimenta el fuego de ciertos hornos milenarios y también descubrí millares de arcos que nos llevan a cada uno de los sueños, los de la mente y los escritos, de los humanos, de los perros y de todas las criaturas sobre esta tierra.

»No tengas miedo.

»Un lugar así no sólo dirige a la duda o a la perdición, también esconde la felicidad. Encontré un mundo espiritual y las encrucijadas que dividen las vidas de los hombres. Es el museo de los destinos imaginados. En el túnel hay desviaciones, entradas y caminos que pueden llevarnos a oficinas donde la gente trabaja todo el día, vestida de azul, así como a plazas donde los vivos juegan y ríen todos los días, una feria perpetua. No se limita al espacio, también es posible viajar en los hilos del tiempo. Una vez me encontré contigo cuando eras niño y estabas sano, y corrías alegremente hasta que tu madre te jaló de las orejas y te regañó porque olvidaste mirar de lado a lado antes de cruzar la calle. También he visto el futuro: el vecino cabecea de sueño mientras observa a mi sosias echado en el piso, mirando a la puerta y aún esperando parsimoniosamente la llegada de tu espíritu.

»El túnel es un regalo, y es una maldición, pero sólo es una incógnita para aquellos que no poseen los prodigios de mi nariz.

»Mi cuerpo ha cambiado gracias a los numerosos viajes. He sanado y he rejuvenecido. Tantos lugares encontré que, si no me equivoco, ahora tengo la memoria de un sabio y la suspicacia de un niño. El túnel me hizo otro. Si te llevo conmigo, tal vez consiga conservarte con vida. El mismo regalo que cayó sobre mí caerá sobre ti. Acompáñame a los túneles, déjame guiarte entre los millones de puertas y perdámonos para siempre en una búsqueda infinita, como el juego de los cuervos, y acompañémonos hasta que alguno de los dos esté dispuesto a morir.

»No quiero hacerlo solo. Un perro abandonado, además de lamentable, se convierte en presa. Necesito tu guía, un compañero quien escoja a dónde debemos ir. Me ocuparé, durante unos días, de hacerlo más grande y más cómodo para ti. Necesito memorizar los lugares peligrosos para evitarlos cuando salgamos a nuestro paseo. Hay lugares en el túnel que contienen comida en abundancia, iré por ella y te guardaré una ración sustanciosa para el inicio del viaje. Luego nada nos faltará. Lo que puedes hacer por mí, mientras tanto, es llenarme el plato de agua todos los días. Me hace mucha falta por que, dentro del túnel, hay agua en todas partes pero me distraigo fácil en cuanto entro a buscar el líquido y es posible que pierda mis huellas en alguna parte inesperada, vistosa o atiborrada de olores. Mi nariz nunca olvida pero no quiero arriesgarme cuando se trata de ti.

»No tenemos mucho tiempo, no lo digo por ti, lo digo por nosotros. Si mueres estoy seguro que también moriré.»

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Aldo se mece inquieto. Empujado por el silencio, la solemnidad de Brama y el canto nocturno de las cigarras en los jardines vecinos, imagina todos los lugares, lo hermoso y lo peligroso que debe ser el túnel. Se acaricia el cabello antes de abrir la boca. Quiere dejarse ir pero todavía tiene miedo. Necesita preguntarlo una última vez.

—Brama, ¿estás seguro que no enloquecí?

—Sí.

Aldo asiente. Cree en Brama. Se levanta para ir por uno de los platos pero una duda lo detiene:

—¿Tú visitaste mi sueño a través de una puerta adentro del túnel?

Brama mueve la cola, no responde y Aldo asiente, para él esa respuesta es suficiente.

Ya tiene algo qué hacer.

A partir de la charla, todos los días lleva dos o tres platos de agua al jardín. Exige un esfuerzo sobrehumano y algunas noches el dolor es insoportable, pero empuja, gustoso y esperanzado, los límites de su cuerpo arruinado. El primer lugar al que Brama lo llevará, se lo ha pedido, es el recuerdo de las pirámides y de la sonrisa carmín.

En su camino de la cocina al jardín, Aldo también dedica algunas vueltas a quitar las fotografías de los muros. Las paredes quedan insoportablemente vacías, su único adorno son unos cuantos clavos y las marcas de polvo que delimitaban el espacio de los marcos. Arrumba los marcos negros en una esquina de la casa. Sólo un retrato permanece en su lugar, un altar discreto en medio de un baldío: la fotografía de San Juan de Palma, donde ambos se abrazan y el cielo es vasto, lleno de nubes.

También recoge los sobres del banco. Se acumulan hasta que alcanzan la altura de un niño muy alto o un hombre pequeño.

Los mensajeros que vienen a entregar los sobres, escucha Aldo, siguen discutiendo si entrar a la fuerza, o si deberían llamar a alguien, pero al final se rinden, no lo hacen, tienen miedo de encontrar los cadáveres. Recuerda la piedad de los médicos, y se sonríe; todo estaba perdido en aquel entonces pero ya tiene una cuerda, la salvación. Pronto despertará de un mal sueño. Ojalá alguien fuera piadoso con los mensajeros.

Cuando el vecino los visita, Aldo le habla a través de la ventana, y consigue tranquilizarlo a pesar de sus miradas dubitativas. Lo convence de que todo está bien y aliviado lo mira alejarse. El par de compañeros tienen mucho que trabajar si desean viajar antes de que algún accidente definitivo o el humor del cuerpo acaben con su plan de huida. No pueden permitirse un paseo de Brama porque Aldo siente que puede morir en cualquier momento.

A menudo sueña con ella. Sueña, otra vez, con San Juan de Palma y las pirámides, el vestido azul, el cabello atado, pero en ese sueño ella está quieta, sonriendo como una niña traviesa, señalando con una mano uno de los accesos de los túneles a las pirámides. Pronto, trata de decirle, pero Aldo no está en el sueño, esta vez sólo es un testigo, un hombre a merced del perro explorador. Trata de exagerar los movimientos de su boca para que ella interprete sus palabras, aunque Aldo es parcialmente incorpóreo, y ella no ve a nadie. Sin embargo, en el sueño Aldo descubre que Brama los vigila desde la oscuridad de una multitud de escondites: detrás del tronco de un árbol, entre un par de nubes grises, debajo de unos arbustos espinosos, desde la ventana de algún coche.

—Brama nos llevará pronto y nos reuniremos. Tu perro no sólo encontró el camino al infierno, también encontró el camino al cielo y el camino al pasado, cualquiera de los dos, no importa, debe haber una puerta para cada uno, de todos modos estaremos juntos. No desesperes.

Ella simplemente ríe. Su brazo aún señala, como una flecha, el túnel de las pirámides. Aldo no duda que hace conexión con el camino encontrado por Brama y que, en algún momento, saldrán de ese arco profundo, oscuro y empedrado. Correrá para abrazarla, el cuerpo rejuvenecido como se lo han prometido y Brama correrá a su lado, con la lengua colgando como un trapo y las orejas vapuleando contra el viento. Aldo siente lágrimas que recorren un rostro ausente.

Ella lo invita animadamente moviendo los brazos. Aldo cree escuchar su voz, la que apenas recuerda, diciendo: “¡Ven aquí, Aldo, por favor ven aquí!”.

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Tocan la puerta a golpes. Aldo se sobresalta, sus manos débiles derraman el plato de agua para Brama. Sale de la cocina apresurado, las piernas más débiles que de costumbre, y mira la puerta como si fuera una pesadilla. El susto acaba con la poca fuerza en su cuerpo.

—¡Embargo! —exclama un hombre afuera.

—No digas eso o no abrirá la puerta.

—La policía la tirará si es necesario, ya tenemos el permiso.

Aldo mira hacia el jardín: Brama está ahí, dándole la espalda como de costumbre.

—Ven, ya no queda tiempo. Casi he conseguido acabarlo.

Aldo camina hacia Brama hasta que ambos salen del jardín, siente un dolor intenso en el brazo izquierdo pero trata de soportarlo. Si es un ataque cardiaco sabe que tiene algunos minutos antes de desfallecer.

—Brama, no sé si pueda.

—Tan pronto entres en el túnel te sentirás mejor.

—Dices eso Brama pero…

—Antes confiabas en mí. ¿Por qué ya no?

Aldo se arrodilla. Gatea y se arrastra entre los montones de tierra bien despacio, Brama camina lento para que no se pierda. Los hombres de afuera azotan la puerta. Han conseguido abrirla.

—Apesta, cómo apesta aquí adentro.

—Mira, ahí están todos los sobres, sin abrir.

—¿Qué le ha pasado a las paredes?

—Atentos muchachos, carguen todo lo que puedan a la camioneta y vámonos de aquí. Llévense la tele, el sofá, ese comedor… Alguien busque las escrituras de la casa.

—Brama, se están llevando todo.

—Nada de eso importa. Sígueme, ya casi llegas.

El brazo izquierdo de Aldo deja de responder. El camino es corto pero no lo parece, la mano derecha se hunde en la tierra y con la punta de los dedos de sus pies se impulsa porque las rodillas no tienen fuerza. Arrostra el polvo, el pasto, sus dientes saben a tierra. Su ropa se mancha de marrón. Jadea del esfuerzo, gotas de sudor empapan su rostro y mojan lo que era un jardín. El maldito camino es demasiado largo. Adelante de él, la cola de Brama se mueve de un lado a otro, como si estuviera jugando y Aldo vuelve a dudar. ¿Cuántas veces Brama no lo obligó a hacer cosas para involucrarlo en un juego y movía la cola de esa manera?

—No mires atrás o no tendremos tiempo. ¿Comprendes?

Tan pronto el sabueso se lo pide, Aldo tiene deseos de mirar atrás, de pedir ayuda a los hombres para que lo manden a morir con tranquilidad a la cama de un hospital… ¿y si Brama no juega? ¿Y si el túnel es su verdadera salvación? Brama se mete al túnel sin dilaciones y se pierde en la oscuridad. Aldo escucha los ecos de sus patas y sus ladridos.

—Alguien salga al jardín para ver si hay algo de valor.

—La fotografía, Brama, se van a llevar la fotografía.

—¡No mires atrás! Mete la mano al túnel, te sentirás mejor. Sígueme rápido. No hay tiempo.

Aldo gira los ojos, empuja la mano sana en el túnel y la siente distinta; primero cree que sus dedos se contraen y en realidad se comprimen; sus uñas se alargan dos centímetros y se convierten en garras; protuberancias de pelo espeso y lacio eruptan de sus poros; sus huesos adquieren una densidad y vitalidad nueva; se percibe más ligero, más sano, más bestial.

Esto no está bien, se dice, pero no tiene tiempo. Uno de los embargadores ha salido al jardín, su nariz nueva puede oler el sudor del extraño, su camisa manchada de salsa y los hedores desagradables que emanan de la suela de sus zapatos. El embargador no tardará en descubrirlo si continúa dudando. Lo jalará de las patas, como al perro, antes de que él pueda tomar la decisión por su cuenta y terminará encerrado en alguna jaula.

Puede mirar atrás y rogar amablemente a esas personas, después de la vergüenza, que lo dejen quedarse con una fotografía. Quizás podría exigirles una muerte digna en vez de hacerlo entre los montones de tierra hechos por su perro, dominado por una necedad animal y las ganas de hacerle una broma cruel, porque otra cosa no parecía el ofrecimiento de aquel trato estúpido e incomprensible.

Mete la cabeza al túnel, siente la boca distinta, alargada y su nariz lo captura todo, es cierto, apesta a muerto, pero así apestaba desde que lo mandaron a su casa. Un olor al que se acostumbró siendo hombre. Pasa la lengua entre colmillos puntiagudos y descubre que puede tocarse, fácilmente, la punta de la nariz con ella. Hace una mueca lastimado y herido. Gañe confundido.

—Ya no soy un hombre pero… al parecer tampoco soy un perro.

Brama ladra contento, lejos, como si estuviera de acuerdo con él. Puede olerlo, si continúa, podrá llegar pronto a él.

No era Brama quien interrumpió el primer sueño, quizás era Aldo burlándose de sí mismo, de la enfermedad que significaba extrañarla y luego se le esparció a todo el cuerpo, ese miasma asqueroso que ni siquiera le permitía soñar con ella y quedarse ahí, en ese instante, cuando las cosas eran mejores y suspender su vida como la única fotografía de una pared blanca y vacía. Piensa en la sonrisa carmín, en las pirámides, en el perro. No puede retrasarlo más. Los hombres ya se acercan. Corre con sus cuatro patas. Sabe a dónde tiene que ir primero. Sólo así puede asegurarse de que Aldo se convenza de entrar en el túnel.

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Este es un cuento del libro Aquí no es el cielo. Puede adquirirlo en Amazon o bien, puedes esperar a que publique los cuentos de este libro esporádicamente.