Categoría: Vida diaria

De Acapulco, de Argos, de A

He dejado de ser uno de los pocos chilangos que no han ido a Acapulco. La gracia de la premiación rompió uno de tantos récords personales. Claro, no me interesaba conservarlo. Como buen citadino, sueño con la libertad económica para dejarlo todo atrás y vivir haciendo artesanías, o trenzas, en algún pueblito costero. El sueño común de, al despertar, admirar los amaneceres como si el Sol se escondiera bajo el agua para al día siguiente, aparecer risueño detrás de las montañas al otro lado.

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Aysí

Ay sí, ay sí, con la app de wordpress ya puedo escribir, mientras camino, en mi blog. Así me arriesgo a darme el putazo pero el ejercicio de la escritura cronológica se convierte en un verdadero deporte. Uno de riesgo. No diré que de alto, porque eso suena bien pendejo, pero al menos de mediano, porque un putazo contra el poste duele.

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Los justos

Hija de la chingada pero que a gusto duermes. En serio, no tienes vergüenza, pudor o temor a los dioses. Conservo está foto para envidiarte, e insultarte. La imprimí ayer para tenerla doblada en mi cartera y cuando me asome a buscar el dinero, tan escaso, no sólo culpe a los bancos, la economía y mis compras clase medieras, también culparte a ti y como te entregas tan fácil al sueño.

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Dunas lejanas

Anoche un robot del tamaño de un auto aterrizó, con ayuda del paracaídas más grande del mundo, a las dunas de Marte. Sucedieron dos cosas extraordinarias. Primero: El robot aterrizó en el punto preciso, sin recibir daño alguno, listo para recoger datos, fotografías, arena, análisis increíbles, contrario a todos los accidentes que pueden ocurrir en una misión de ese tamaño; Segundo: Los comentarios de la gente, el mundo se paralizó unos instantes para apreciar, analizar, denostar, maravillarse y aterrizar junto con una proeza tecnológica increíble.

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Algo debe pasar aquí

Últimamente las caminatas dejan a Nico bien cansada. Duerme durante el día, buscando que el sol le golpeé el rostro, mientras sus cachetes abultados soplan y resoplan. La miro un rato, la miro un poco más, y pienso que quizás ya tuvo su infancia, que ahora está viviendo la adolescencia, la dura etapa de los secretos, del mundo aparte, el otro lado que no me está permitido ver.

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Pasos en la azotea

La ansiedad de hace doce años es muy parecida a la de hoy, sólo que esta tiene eco, tiene una resonancia cibernética que cimbra a mucha gente y la invita, la empuja, la obliga a participar. He visto como este discurso digital atraviesa los muros de Facebook y las cronologías de Twitter para llegar a la gente que no los usa como un recurso habitual.

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¿Dónde está el rock?

¿Todavía existe el rock mexicano? Que chistosa pregunta, es como preguntarse: ¿Todavía existen los hombres de verdad? (Citando libremente a Aquiles Serdán). Paso la tarde escuchando a La Castañeda y a la Cuca, tal vez más tarde ponga a la Maldita, al clásico de viejos Café Tacuba, quizás Molotov, Resorte, Jumbo y un puñado de nombres más, nacidos en los ochentas, que nos rescataron de la apatía noventera… pero el rock mexicano, ¿aún existe? ¿Actualmente quién da los chingadazos con la guitarra? ¿Quién habla hogaño de la Malinche, de la vida pinchona, de los chafiretes y de los trolebuses?

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Las pequeñas comodidades

Uno se acostumbra a sus pequeña comodidades, como la computadora que lleva arrastrando consigo desde hace cinco años. Tengo dos semanas usando una computadora que no es la mía. Una pequeña macbook que tengo para algunas cuestiones del trabajo y que, la mayor parte del tiempo, la uso como centro de medios conectándola al televisor.

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